COOPERATIVISMO OBRERO, CONSEJISMO Y AUTOGESTIÓN SOCIALISTA

      ALGUNAS LECCIONES PARA EUSKAL HERRIA


      4.3. SOVIETS EN HUNGRIA, ITALIA, FINLANDIA Y CANADA

      ¿Y qué sucedió en Hungría? Pues que la clase proletaria, "la inmensa mayoría" social, instauró en 1919 la República de los consejos pero existiendo desde el principio una gran distancia entre las masas trabajadoras organizadas en sus barros y fábricas y el Partido Socialdemócrata, que se había aupado al tigre revolucionario para no cometer los errores del reformismo en Rusia, y dirigirlo hacia un callejón sin salida. Un Partido Comunista consciente y experimentado, pero muy reducido, luchaba por ampliar su fuerza e implantación. No podemos analizar al detalle esta importante experiencia, sino sólo decir que el movimiento obrero y popular no pudo arrinconar a la socialdemocracia al respetar el sistema electoral impuesto por esta, que el ejército llamado "rojo" era en realidad el ejército anterior pero cambiado de nombre, más fiel al capital que a la revolución, y que la masa campesina fue mayoritariamente fiel al capital porque más de un tercio eran pequeños propietarios, y buena parte del resto estaba atemorizada por la propaganda y la religión, y cansada por la guerra mundial de 1914-1918.

      Desde comienzos de 1919 el norte industrial de Italia estaba en efervescencia. Ya en 1915 hubo una fuerte insurrección popular contra la participación en la I Guerra Mundial, nucleada alrededor de Turín, y en agosto de 1917 hubo otra en esta ciudad al calor de las noticias revolucionarias que llagaban de Rusia, que hemos visto antes. En esta insurrección tuvo significativa intervención la Alianza Cooperativa Turinesa --ACT-- que, formada por ferroviarios y obreros, creó una inmensa y democrática red de suministros que abastecía a la cuarta parte de la población turinesa. La burguesía no podía tolerar su continuidad porque, además, los socialistas radicales se habían ganado la confianza de los socios y les habían convencido para que una parte cuantiosa de los beneficios cooperativos se dedicase a diversas formas de solidaridad y apoyo directo al movimiento revolucionario turinés.

      Tras el fracaso de la insurrección armada del 23 de agosto de ese año, en la que la ACT había jugado un papel importante, la burguesía creyó que gracias a la debilidad causada por la represión, la censura posterior y al desánimo de los socios causado por la derrota, podía desplazar a los socialistas radicales y apoderarse de la cooperativa. Desde la policía hasta la Iglesia pasando por los sindicatos y partidos reformistas, iniciaron una campaña sistemática para ganar las próximas elecciones entre los cooperativistas, pero de los 800 votos emitidos el día electoral, la dirección revolucionaria obtuvo 700.

      La importancia de la Alianza Cooperativa Turinesa fue --es-- tanta que el propio Gramsci nos ofrece en "Consejos de fábrica y Estado de la clase obrera", una descripción muy detallada de este conflicto, de la cual extraemos esta cita:

      "El capital de la Alianza estaba en su mayor parte constituido por acciones de la cooperativa ferroviaria perteneciente a los ferroviarios y sus familiares. El desarrollo adquirido por la Alianza había aumentado del valor de las acciones desde 50 a 700 liras. El Partido consiguió persuadir a los accionistas de que una cooperativa obrera tiene como objetivo no la ganancia de los particulares, sino el reforzamiento de los medios de lucha revolucionaria, y los accionistas se conformaron con un dividendo del tres y medio por ciento sobre el valor nominal de 50 liras mejor que sobre el valor real de 700. Después de la insurrección de agosto, se formó, con el apoyo de la policía y de la prensa burguesa y reformista, un comité de ferroviarios que se propuso quitar al Partido Socialista el predominio en el consejo administrativo. A los accionistas se les prometió la liquidación inmediata de la diferencia 650 entre el valor nominal y el corriente de todas las acciones; a los ferroviarios se les prometieron diversas prerrogativas en la distribución de los géneros alimenticios. Los reformistas traidores y la prensa burguesa pusieron en acción todos los medios de propaganda y de agitación al objeto de transformar la cooperativa de organización obrera en empresa comercial de carácter pequeño-burgués. La clase obrera estaba expuesta a persecuciones de todo género. La censura apagó la voz de la sección socialista. Pero pese a todas las persecuciones y a todas las violencias, los socialistas, que ni por un solo instante habían abandonado su punto de vista de que la cooperativa obrera era un medio de la lucha de clases, obtuvieron de nuevo la mayoría de la dirección de la Alianza cooperativa."

      Este movimiento fue extendiéndose y para 1919 la minoría comunista lanzó la consigna de los consejos de obreros, soldados y campesinos, en pugna frontal con los sindicatos reformistas, socialistas y partidos católicos. En febrero de 1920 los obreros de Turín ocuparon varias fábricas en protesta contra el horario de trabajo, acelerándose los choques con las fuerzas represivas. La patronal se unió en la organización Confindustria y el 28 de marzo cerraron todas las empresas. El 3 de abril se inició la huelga general muy potente en zonas industriales y en el Piamonte. El Partido Socialista Italiano se desentendió de la huelga, pero Turín siguió luchando con el apoyo considerable de Pisa, Livorno, Génova, Florencia, etc. Los sindicatos y socialistas de Turín comenzaron a exigir el final de la huelga, y muchos anarquistas criticaron la disciplina de los trabajadores y abogaron por la "iniciativa individual". La marina de guerra italiana desembarcó un ejército de 20.000 soldados en Génova que avanzó hacia Turín sembrando el terror a su paso.

      La huelga general resistió hasta el 24 de abril concluyendo con un acuerdo por el cual se mantenía la autonomía legal de los consejos obreros pero se perdía el poder obrero en la fábrica y el poder popular en Turín. La traición socialista y el comportamiento de los partidos católicos facilitó la derrota consejista, y luego desmovilizó y desmoralizó a las masas trabajadoras de manera que sólo dos años y medio más tarde, el 30 de octubre de 1922, los fascistas tomaban el poder Roma.

      Antes de pasar a la siguiente experiencia consejista, conviene detenernos un instante en la concepción teórico-política de Gramsci, en el texto citado arriba, en esos momentos cruciales porque muestra la dialéctica de amplia y democrática acumulación de fuerzas huyendo de todo sectarismo: "El máximo problema concreto del momento actual para los revolucionarios es este: 1) estructurar a la gran masa del pueblo trabajador e una configuración social que se adhiera al proceso de producción industrial y agrícola (constitución de los Consejos de fábrica y de pueblo, con el derecho de voto para todos los trabajadores); 2) conseguir que la mayoría del Consejo esté representada por compañeros del Partido, por las organizaciones obreras y por compañeros simpatizantes, pero sin excluir de ellas, transitoriamente y en los primeros momentos de incertidumbre y de falta de madurez para que aquélla no pueda caer en manos de los populares, a los reformistas, en cuanto estos son trabajadores asalariados y están siendo elegidos por su propio lugar de trabajo y en cuanto se adhieran al Estado obrero".

      Estos fueron los primeros procesos consejistas en el sentido fuerte de la palabra, aunque todavía faltaban otros más, pero no por ello dejaron de producirse múltiples estallidos y hasta luchas consejistas que movilizaron a importantes sectores populares. Las luchas obreras y populares en Finlandia también se autoorganizaron en consejos y soviets, y crearon también la Guardia Roja. En 1916 el Partido Socialdemócrata de clara inspiración marxista llegó al poder por sufragio electoral con mayoría absoluta,. Una decisión histórica fue la del Parlamento finés decretaron la publicación de El Capital de Marx a cargo del presupuesto público. Pero las derechas se organizaron para dar un golpe de Estado, organizaron la Guardia Blanca, y la situación empeoró para las clases trabajadoras cuando la revolución rusa de Febrero de 1917 alertó aún más a la burguesía y cuando el Ejército se escoró claramente hacia la derecha. En ese momento, el gobierno socialdemócrata pidió a los mencheviques en el poder en Rusia que concedieran la independencia nacional a Finlandia, ocupada por el zarismo desde 1808. Pero los mencheviques restringieron aún más las escasas libertades finesas.

      Bajo esas condiciones, la burguesía manipuló el miedo y el temor a la revolución, y provocó choques con los obreros estallando una pequeña guerra civil, la socialdemocracia se escindió en dos bloques y se instauró un gobierno reaccionario. La revolución de octubre de ese año en Rusia dio nuevos impulsos a los trabajadores que en noviembre decretaron la Huelga General que no acabó en una revolución porque el boicoteo de la derecha socialdemócrata. Pero el país estaba dividido en dos bloque antagónicos. La concesión de la independencia nacional a Finlandia por los bolcheviques en diciembre encendió la mecha de la revolución social.

      La Guardia Roja formada por obreros y campesinos fineses y soldados rusos bolcheviques se enfrentó a la Guardia Blanca formada por el Ejército finés, burgueses y campesinos ricos. El 25 de noviembre, se instauró en Helsinki la Comuna obrera y el 27 estalló la guerra civil que a la vez era de defensa de la independencia nacional por parte de las clases trabajadoras porque la burguesía finesa había pedido ayuda al ejército alemán a la órdenes del general Rüdiger von der Goltz. Los trabajadores se apoderaron rápidamente de las ciudades industriales y de amplias zonas campesinas; pero, por un lado, la Guardia Roja, aunque más numerosa que la Guardia Blanca, tenía mucha menos preparación militar y sobre todo muy pocas armas y municiones, especialmente pesadas, y, por otro lado, la derecha socialdemócrata minó todo lo que pudo desde dentro la fuerza y unidad de la clase trabajadora.

      La lucha fue tenaz aunque poco a poco la Guardia Blanca fue ocupando las ciudades y los campos. Sin embargo, Helsinki resistía gracias a la capacidad organizativa del poder soviético finés que durante tres meses hizo frente al enemigo nacional y de clase. Al final, tuvo que ser el ejército alemán el que entrase en la ciudad, iniciándose una época de terror brutal que sólo respetó a los sectores más derechistas de la socialdemocracia. El pueblo trabajador finés, apoyado por los soldados bolcheviques, luchó en una guerra de liberación nacional y social porque la burguesía finesa tenía negociado con el Imperio alemán la instauración en el trono del príncipe alemán Carlos de Hesse, coronado rey de Finlandia. Se perdía así la independencia nacional otorgada pacíficamente por los bolcheviques rusos y se instauraba una monarquía extranjera, dictatorial y fuerte militarmente, destinada a asegurar el poder económico de la burguesía finesa. Pero la derrota alemana de otoño de 1918 obligó a la burguesía a cambiar de plan y permitir cierta "democracia vigilada" a la derecha socialdemócrata.

      No podemos detallar la impresionante lista prácticas consejistas y sovietistas de menor transcendencia que se dieron en esos años, sino sólo los más importantes, especialmente la larga lucha de los delegados de taller británicos en 1918-20, nombrados por los trabajadores de taller en asamblea. Este movimiento venía impulsado por la reunión de 1150 delegados de obreros y soldados celebrado en Leeds, en junio de 1917. Escarmentados por el colaboracionismo de los sindicatos oficiales, los delegados de taller organizaron una extensa y efectiva red de consejo de base que dictaban sus propias reglas de funcionamiento y que buscaban ampliarse hasta constituirse en comités de fábrica, desarrollar el control obrero en las fábricas y extender a la sociedad entera un sistema alternativo. La fuerza del movimiento estaba minada por su ingenua espontaneidad y total ausencia de vertebración sociopolítica interna.

      Limitaciones muy parecidas a las que truncaron la huelga general en Seattle, EEUU, que comenzó en febrero de 1919 en situación de extrema debilidad del sindicalismo luchador, pues toda la dirección del IWW estaba encarcelada. La ciudad de Seattle y su comarca fueron al paro, y la democracia consejista administró tan efectivamente una zona altamente industrializada que inmediatamente cundió el pánico entre la burguesía yanki por su efecto ejemplarizante en otros muchos centros industriales que con diferentes ritmos se fueron sumando a una larga de lista de huelgas autoorganizadas desde las bases obreras porque el IWW y el Partido Socialista estaban destruidos por la represión policial. La patronal recurrió a las mafias, organizó ejércitos privados, movilizó esquiroles de un sitio a otro. El inexperto y confiado movimiento obrero yanki perdió aquella batalla crucial.

      Una situación similar sufrieron los aún más inexpertos obreros canadienses que el 15 mayo de 1919 se lanzaron a la huelga en Winnipeg, tercera ciudad del Canadá. El consejo de trabajadores dirigió la vida ciudadana y recibió los apoyos de casi todas las ciudades del oeste canadiense, y las huelgas se multiplicaron en mucho sitios, como en Toronto el 20 de mayo, Calgary el 28 de mayo, Vancouver el 7 de junio... Pero ya para el 6 de junio la burguesía empezó a reorganizarse en sus feudos de poder y en secreto. Se decretaron leyes de excepción que permitían detener y encarcelar sin permiso judicial y deportar al detenido a otro país. Se crearon cuerpos represivos profesionales, nuevos, sin contacto personal con el pueblo. Los altos mandos militares tranquilizaron a la burguesía. No se podía permitir que los trabajadores demostrasen tanta eficacia y capacidad.

      El 16 de junio empezó la represión. Se detuvo a los confiados dirigentes y se destrozaron las sedes y locales sindicales que funcionaban sin precauciones de ningún tipo. Las fuerzas represivas accedieron así a una increíble cantidad de información. Aún y todo así, las movilizaciones continuaron pero pacíficamente. El 21 de junio la policía especial y fuerzas paramilitares atacaron a los manifestantes matando a uno, hiriendo a 30 y deteniendo a más de 100. Después, el ejército con la bayoneta calada ocupó la ciudad y se generalizó la represión, pero la lucha continuó con movilizaciones en múltiple sitios como la del 23 de Junio de Victoria. Sin embargo, el movimiento obrero no estaba preparado para una larga lucha y carecía de los mínimos rudimentos de autoorganización estable y segura.

      4.4. TEORIZACIÓN MARXISTA EN EL I Y II CONGRESO DE LA I.C.

      Obviamente, esta heroica e impresionante lucha revolucionaria, que aquí sólo hemos podido resumir muy brevemente, fue objeto de una sistemática teorización marxista recogida, sobre todo, en los textos oficiales de los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista o III Internacional, y también, con bastante anterioridad en muchos casos, por una larga lista de revolucionarios de diversas tendencias marxistas de todos los países capitalistas directa e indirectamente implicados en esa fase de lucha de clases. No podemos ni siquiera hacer referencia a los grandes bloques de argumentos globales que se formaron alrededor de estas y otras experiencias incluso muy anteriores --como el estudio crítico de Marx y Engels sobre la Comuna de París de 1871 por no haber sido lo suficientemente radical y ofensiva--, o las de 1905, y que nos llevaría a un análisis detenido de Parvus, Rosa Luxemburg, Lenin, Trotsky, Kautsky, Zinoviev, Kamenev, Bujarin, Lukács, Gramsci, Bordiga, Terracini, Korsch, Radek, Mattick. De León, Pannekoek, Gorter, Bela Kun, Togliatti, Tasca, Serge y otros más.

      Muy pocas veces en la historia reciente del pensamiento humano, hemos podido asistir a una demostración tan brillante, con sus errores y limitaciones espacio-temporales objetivas, de la capacidad humana de teorización dialéctica sobre una realidad extremadamente compleja, contradictoria y muy móvil; y, por no extendernos, otro ejemplo lo tenemos en las reflexiones de algunos años antes sobre el tránsito de la fase colonialista del capitalismo a la fase imperialista, reflexiones marxistas que volvieron a demostrar la superioridad de este método sobre cualquier otro de los existentes, y que prepararon las bases teóricas para comprender después la explosión creativa de múltiples prácticas consejistas, sovietistas y, en suma, de autogestión obrera y popular.

      En lo que respecta a los estudios de la III Internacional, en el Primer Congreso, primera semana de marzo de 1919, no pudo apenas profundizar en las experiencias consejistas y soviéticas, y apenas nada en sus relaciones con el cooperativismo, limitándose a síntesis muy precisas sobre la expropiación de la burguesía y la socialización de los medios de producción. Ahora bien, como el texto afirma:

      "Es importante señalar aquí que la pequeña propiedad no debe ser expropiada y que los pequeños propietarios que no explotan el trabajo de otros no deben sufrir ningún tipo de violencia. Esta clase será poco a poco atraída a la esfera de la organización social, mediante el ejemplo y la práctica que demostrarán la superioridad de la nueva estructura social que libera a la clase de los pequeños campesinos y de la pequeña burguesía del yugo de los grandes capitalistas, de toda la nobleza (...)".

      "Con este objetivo, --crear órganos de dirección de la producción-- se verá obligado a sacar partido de aquellas organizaciones de masas que estén vinculadas más estrechamente con el proceso de producción".

      "Entre las medidas indispensables para alcanzar este objetivo --el reparto justo-- señalamos: la socialización de las grandes empresas comerciales, la transmisión al proletariado de todos los organismos de reparto del Estado y de las municipalidades burguesas; el control de las grandes uniones cooperativas cuyo aparato organizativo tendrá todavía durante el período de transición una importancia económica considerable (...)".

      "Del mismo modo que en el campo de la producción, en el del reparto es importante utilizar a todos los técnicos y especialistas calificados, tan pronto como su resistencia en el orden de lo político haya sido rota y estén en condiciones de servir, en lugar de al capital, al nuevo sistema de producción".

      "El proletariado no tiene intención de oprimirlos. Por el contrario, sólo él les dará la posibilidad de desarrollar la actividad creadora más potente. La dictadura proletaria remplazará a la división del trabajo físico e intelectual, propio del capitalismo; mediante la unión del trabajo y de la ciencia".

      "Simultáneamente con la expropiación de las fábricas, las minas, las propiedades, etc., el proletariado debe poner fin a la explotación de la población por parte de los capitalistas propietarios de inmuebles, pasar las grandes construcciones a los Soviets obreros locales, instalar a la población obrera en las residencias burguesas, etcétera".

      El Primer Congreso de la Internacional Comunista no pudo extenderse más en la creación teórica colectiva además de por las difíciles condiciones del momento, en especial, por la todavía pobre experiencia práctica acumulada. Las cosas cambiaron bastante casi un año y medio más tarde, cuando en la segunda mitad de julio de 1920 se reunió el Segundo Congreso. Para las preocupaciones este texto, el año y medio transcurrido fue de una gran importancia porque se confirmaron todas las líneas teóricas del anterior, lo que permitió una profundización muy enriquecedora en un doble problema crucial para la autogestión y el poder popular cual es el de la complejidad interna del pueblo trabajador y de sus formas de expresión, centralidad y resistencia, y, a la vez, el de cómo deben respetar esta complejidad las organizaciones revolucionarias:

      "En todas las organizaciones sin excepción --sindicatos, uniones, etc.-- proletarias en primer lugar y luego no proletarias, de las masas trabajadoras explotadas (ya sean políticas, sindicales, militares, cooperativas, post-escolares, deportivas, etc.) deben ser formados grupos o núcleos comunistas, con preferencia legalmente, pero si es necesario clandestinamente, lo que se torna obligatorio toda vez que se espere su clausura o el arresto de sus miembros".

      Este Segundo Congreso estudia más detenidamente la complejidad social entonces existente, la riqueza de las formas de expresión del pueblo trabajador y la tendencia al aumento de las asociaciones de todo tipo, desde los colectivos de inválidos hasta los de arrendatarios, pasando por la solidaridad internacionalista y los grupos "independientes" de los partidos. En todos estos sitios los comunistas crearán debates sobre las cuestiones más interesantes: "aprovisionamiento, vivienda, problemas militares, enseñanza, tarea política del momento actual, etc. ...". Más aún: "Los comunistas no deben apartarse nunca de las organizaciones obreras políticamente neutras, aun cuando posean un carácter evidentemente reaccionario (uniones amarillas, uniones cristianas, etc.)".

      La insistencia en detallar lo más posible la riqueza y abundancia de las organizaciones proletarias y no proletarias, o semi-proletarias, responde tanto a la necesidad de conocer lo mejor posible la complejidad social, incluida la aristocracia obrera y la corrupta burocracia sindical, como a la necesidad de incidir dentro de ellas. Sin esta base de conocimiento teórico de la realidad social, el resto está condenado al fracaso porque se menosprecian o ignoran las razones de las derrotas. Es por esto por lo que en el Segundo Congreso, y a la vez que se hace un análisis crítico de la experiencia rusa, alemana y de otros procesos revolucionarios, se sostiene que:

      "La antigua subdivisión clásica del movimiento obrero en tres formas (partidos, sindicatos, cooperativas) ha cumplido su ciclo. La revolución proletaria en Rusia dio origen a la forma esencial de la dictadura del proletariado, los soviets. La nueva división que nosotros reivindicamos en todas partes es la siguiente: 1º el partido, 2º el soviet, 3º el sindicato".

      En realidad, las primeras indicaciones del agotamiento del ciclo anterior surgieron con la oleada de luchas de comienzos del siglo XX y tuvo en la revolución de 1905 su exponente más alto. A partir de ahí y hasta 1917, con la revolución rusa pero también con la oleada general de revoluciones y contrarrevoluciones, se vivió una creciente pugna entre el ciclo u onda caduca, y la nueva fase u onda de luchas. Los cuatro congresos de la III Internacional analizan esa evolución y sintetizan teóricamente, con especial insistencia, en la coyuntura de verano de 1920, en el movimiento sindical, los comités de fábrica y de empresas:

      "La vieja burocracia profesional trata por todos los medios de lograr que los sindicatos conserven su carácter de organizaciones de la aristocracia obrera, trata de mantener en vigor las reglas que imposibilitan la entrada de las masas obreras mal pagadas en los sindicatos (...) Trata de imponer a los obreros la política de las comunas obreras, de los Consejos unidos de la industria (Joint Industrial Councils) y de obstaculizar por la vía legal, gracias a la ayuda del Estado capitalista, la expansión del movimiento huelguístico".

      El Segundo Congreso denuncia y combate la utilización contrarrevolucionaria de un consejismo amarillo, colaboracionista, unido a los patrones, que divide y enfrenta a los trabajadores dentro y fuera de las fábricas. Denuncia la decisiva tarea del sindicalismo en la tergiversación de los consejos y comunas y en su devaluación a simples instrumentos burgueses. Pero intenta evitar en lo posible, salvo en casos inevitables, la fácil salida del escisionismo sectario que multiplique la existencia de diminutas y débiles organizaciones obreras enfrentadas entre sí:

      "Esta tendencia a crear consejos industriales obreros, que va ganando terreno entre los obreros de todos los países, tiene su origen en múltiples factores (lucha contra la burocracia reaccionaria, fatiga causada por las derrotas sufridas por los sindicatos, tendencias a la creación de organizaciones que abarquen a todos los trabajadores) y se inspiran, en definitiva, en el esfuerzo realizado parra concretar el control de la industria, tarea histórica esencial de los consejos industriales obreros. Es por eso que se cometería un error si de tratara de formar esos consejos sólo con los obreros partidarios de la dictadura del proletariado. Por el contrario, la tarea del partido comunista consiste en aprovechar la desorganización económica para organizar a los obreros e inculcarles la necesidad de combatir por la dictadura del proletariado ampliando la idea de la lucha por el control obrero, idea que todos comprenden ahora".

      La insistencia en ampliar la base social de los Consejos industriales, del control obrero y del sovietismo mediante la convicción "de las grandes masas obreras, aún de aquellas que no pertenecen directamente al proletariado industrial", además de ser una necesidad en sí misma, también venía apremiada por la más que previsible evolución de la lucha de clases:

      "Los obreros de cada empresa, independientemente de sus profesiones, sufren el sabotaje de los capitalistas que estiman frecuentemente que la suspensión de la actividad de una determinada industria será ventajosa, pues el hambre obligará a los obreros a aceptar las condiciones más duras (...) los comités obreros se verán forzados, en su acción contra las consecuencias de esta decadencia, a superar los límites del control de las fábricas y las empresas aisladas y pronto se enfrentarán con el problema del control obrero a ejercer sobre sectores enteros de la industria y sobre su conjunto. Las tentativas de los obreros de ejercer su control no solamente sobre el aprovisionamiento de las fábricas y de las empresas en materias primas, sino también sobre las operaciones financieras de las empresas industriales, provocarán sin embargo, por parte de la burguesía y del gobierno capitalista, medidas de rigor contra la clase obrera, lo que transformará la lucha por el control de la industria en una lucha por la conquista del poder por parte de la clase obrera".

      No podemos extendernos en la transcripción de párrafos enteros, y mucho menos comentarlos, pero sí queremos dejar clara la tajante diferencia que el Segundo Congreso establece entre el sindicalismo y los consejos industriales. El marxismo en general y especialmente el de la época de 1914-24, tiene una muy severa y crítica --razonada y demostrada por la impenitente experiencia de traiciones-- valoración del sindicalismo y por eso la III Internacional se esforzó en, primero, advertir a las masas obreras de esa experiencia; segundo, luchar organizativa y enconadamente dentro del sindicalismo; tercero, escindir el sindicato reformista solamente en situaciones inevitables; cuarto, potenciar a la vez todas las formas de autoorganización y autogestión fuera del sindicalismo no confundiendo nunca sus respectivas tareas, y quinto:

      "Sólo en la medida en que los sindicatos lleguen a superar las tendencias contrarrevolucionarias de su burocracia o se conviertan en órganos conscientes de la revolución, los comunistas tendrán el deber de apoyar a los consejos industriales obreros en sus tendencias a convertirse en grupos industriales sindicalistas".


      4.5. III Y IV CONGRESO DE LA INTERNACIONAL COMUNISTA

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